Elogio del plagio  

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Ignoro por qué el plagiario es tratado con desprecio, que es pasión más infamante que el odio. Por el contrario estimo que más bien debiera ser tenido en la más alta estima en razón de la superioridad de sus virtudes.

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    En primer lugar, el plagiario es de una humildad franciscana, rayana en la inmolación. No es, como se piensa, alguien que desea tanto la gloria que la roba. Más bien es un héroe que rinde el homenaje más sincero y disciplinado al que ya la tiene o a quien la adjudica con su acción. Es como el envidioso, que cae humildemente rendido de admiración por su envidiado. Si alguien nos alaba no sabemos si lo hace por oportunismo, para lograr alguna ventaja o por mera adulación gratuita, pues hay gente así. Pero si alguien nos envidia tenemos la firme y radical evidencia de que nos admira, de que nos pone radicalmente por encima suyo. Por eso habrá que escribir también su elogio algún día.

    Lo mismo hace el plagiario. Ningún escritor puede alcanzar mayor gloria que la de ser plagiado. Más que al recibir premios, reconocimiento de la crítica, éxito de ventas, el escritor sabe que ha llegado al Parnaso solo cuando uno de estos héroes anónimos lo plagia. La estima del público suele ser voluble, la crítica, miope, cuando no mezquina, el éxito comercial efímero. No así el plagio, que produce la íntima satisfacción de haber sido comprendido por al menos un lector, y de un modo tan entrañable que repite palabra por palabra un escrito ajeno y venerado. El plagio es una complicidad amorosa, reverente, devota. El escritor ha encandilado al plagiario de tal modo que este ha decidido inmolarse hasta el grado de la mimetización. «Tú eres mi yo, yo mucho más que yo», dice el bolero de Mario Clavel, cantado por Olga Guillot.

    Thomas de Quincey observó que hay crímenes mejores que otros y a ese hallazgo consagró un ensayo memorable: El asesinato considerado como una de las bellas artes. Igual puede decirse del plagio: hay plagiarios mejores que otros. Por ello Jorge Luis Borges soñó con el plagiario perfecto: aquel prolijo y venerable Pierre Menard, que se propuso escribir de nuevo el Quijote, letra por letra. No lo copió simplemente; más bien decidió ponerse en condiciones de producir de nuevo un texto idéntico, que por ser escrito por un hombre del siglo XX tenía una urdimbre radicalmente distinta del original.

    El propio Cervantes, el propio Borges, fueron émulos del sublime arte del plagio, aunque no llegaron a la perfección, pues tuvieron que inventar autores de quienes copiarse. Cervantes creó a Cide Hamete Benengeli. Borges deliró decenas de autores a quienes atribuir sus textos. Fueron plagios inversos, de allí su imperfección. Impecable fue más bien Alonso Fernández de Avellaneda, que escribió una segunda parte apócrifa del Quijote, y permitió a Cervantes saber que había compuesto un libro alucinante capaz de inducir una locura tal vez peor que la de su héroe: Fernández de Avellaneda leyó el Quijote «con tanta afición y gusto» que enloqueció hasta el punto de creerse Cervantes, o Cide Hamete, tal como Don Quijote se creyó andante caballero, y por eso terminó la segunda parte que Cervantes se tardaba en escribir. A ese gran autor desconocido («Fernández de Avellaneda» es un seudónimo) debemos la segunda parte cervantina (algo más sobre esto en http://analitica.com/bitblioteca/roberto/noticias.asp).
    Por eso propongo la creación del Premio «Pierre Menard» al mejor plagio. Podría financiarlo la Xerox.

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