SUBVERSIÓN: La verdad no se discute se lucha por ella  

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... Contra el Debate, la Polémica.
Habita en nosotros este afán chocante, imposible de representar, que nos hace insistir en la lucha y exigirle a la verdad convertirse en victoria. Así es una revolución, sólo puede saber cuál es su autenticidad después de triunfar. Todos pensamos, todos opinamos, todos tratamos de defender una certeza en medio de una coyuntura que no espera por nosotros. Mientras tanto, la falsa democracia nos pide que “respetemos las opiniones ajenas”. En apariencia no hay nada más justo que este imperativo, pero, al otorgarle la misma legitimidad a todos los pensamientos y opiniones, suponemos, al mismo tiempo, la absoluta equivalencia de las ideas, la inequívoca indeferencia del pensar hacia lo real, la impotencia del decir hacia las cosas y, en especial, la postergación infinita de la acción política para transformar la realidad hasta alcanzar un acuerdo puramente conjetural.

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    Esa es la promesa del liberalismo o, lo que es igual, de la democracia representativa; cuya representación no es sino la puesta en escena de un poder que no se tiene, de una verdad que no se decide, de un debate que se ejerce sin trascendencia. La propuesta de esta democracia solamente verbal, o de la democracia únicamente teatral o representativa consiste en proponer un debate “para que el pueblo elija” quien tiene la razón. Al punto que, como se patentiza en la visión anglosajona del Estado, pueblo y público pasan a ser la misma cosa, haciéndose sinónimos de una obra dramática que rápidamente trasmuta la escena democrática en obscenidad televisiva. El debate busca “convencer al pueblo”, sabiendo de antemano que convencer significa vencer con la propia complicidad del vencido.

    El incierto fundamento del liberalismo político y su democracia palabrera
    ¿Es cierto que debemos respetar las “ideas ajenas”? ¿Quién decide que una idea es mejor que la otra, que una ideología es superior a las demás? ¿Yo? ¿Usted? ¿Nosotros? ¿Nosotros quiénes? ¿Es más legítimo acaso postular que todas las ideas son igual que suponer que hay ideas buenas y malas? ¿Es verdad que cada quien puede ejercer el derecho que tiene a pensar como mejor le plazca? Y, ¿a cuenta de qué? El liberalismo político tiene una respuesta para todas estas preguntas: libre y soberano, el individuo tiene su propia verdad, con respecto a la cual todas las demás verdades son relativas o periféricas. Por ello, sin importar que el universo sea infinito y descentrado, la conciencia individual, no obstante, se erige en centro gravitatorio de todos los mundos posibles. Porque para el liberalismo capitalista, la verdad, como si fuera un inmueble o un electrodoméstico, es un asunto exclusivamente privado: debemos ser los supuestos patronos de nuestras ideas y nuestros sueños, del mismo modo en que, se supone, somos los únicos responsables de nuestras pesadillas. Esta es la suprema fe que domina al mundo desde que la Revolución Francesa bautizó, con abundante sangre noble y plebeya, la naciente modernidad civilizadora, mientras veía morir el mundo antiguo entre fantasmas y quimeras honorables. Hoy, ya nadie se atrevería a rebatir, sin que le descalifiquen de antemano, que no hay inmanencia alguna entre opinión y libertad, entre lo que se dice de hecho y lo que, en realidad, se quiere decir.

    Nosotros creemos que es al revés, quien es libre no discute su libertad, no busca argumentos de convicción ni se entrega a la duda metódica de las mentes escépticas.

    Parece un chiste, pero si “cada cabeza es un mundo”, como es posible que vivamos en sociedad. ¿Cómo nos pusimos de acuerdo para existir uno al lado del otro? La libertad es de hecho, no de derecho. Todo aquello que por simple derecho postula su propia libertad, no puede ser más que el acicate de delirios claramente forjados. La libertad genérica e inocua hecha de puro derecho, es, por inocultable, la usurpación más clara de la soberanía real de los sujetos concretos. Nadie puede darme el derecho a decir sin que a la vez decida por mí cual es mi derecho.

    Este mercado de libertades se manifiesta difusamente en el supuesto derecho inherente de la personas a ser unos infatigables debatidotes. Esta vana ilusión del debate democrático viene siempre muy bien apostillada por la consiga “mi libertad termina dónde comienza la libertad de los demás”. Se trata de la libertad “inalienable” de pensar como nos venga en gana y de expresarlo siempre y cuando los demás puedan hacer lo propio. No obstante, en el mundo abstracto de los derechos formales no existen causas, dimensiones ni contextos. Menos aún, personas de carne y hueso. Sólo, como venidas de ultratumba, las voces fantasmales de un mundo irreal pueden hablar libremente, pues las palabras ya no valen nada, la realidad se enajena del discurso y la “libertad de expresión” se convierte en síntoma del sometimiento real a una estructura muda, que inalterable, se burla en su silencio de nosotros. La fábula del “buen salvaje” ha traspasado los límites blancos de una Europa que ya no existe, para mostrarnos, a nosotros, salvajes auténticos, las buenas costumbres del diálogo, práctica que supone concentrar todas las virtudes de la civilización liberal, basada en individuos soberanos y responsables. La conciencia individual, se vuelve así, el alfa y la omega de un mundo infinito en tamaño pero inmensamente limitado, a su vez, por la estrechez de una mente porfiada en sus opiniones y egoísta en sus deseos. El liberalismo nos da el derecho de decir lo que pensamos, puesto que lo que pensamos no es más que una diferencia que se repite en los estándares de la impotencia. Es como si nos dijera: “las leyes del capitalismo, como del resto de la naturaleza, son inmutables, así que hable Usted de lo que quiera que igual no va cambiar nada.” La libertad de expresar nuestras ideas, ocurre, entonces, en la patencia de que ya no tenemos ideas; pues las ideas no son, como supone el capitalismo, lo contrario de la realidad, mas son la realidad misma en tanto se encuentra en estado de posibilidad o de potencia.

    Esta libertad de expresión, en el mundo liberal de palabras e ideas relativas, nunca será, a su vez, expresión de lo real. Dicho de otro modo, como nadie tiene la razón, todos pueden expresar su verdad. La economía política de la libertad, bajo el capitalismo, más que suponer el “fin de la Historia”, sentencia el fin de la civilización. Dado que el individuo abstracto es el soberano también abstracto de “su punto de vista”, pasado y futuro son la repetición contaste de una paradoja que se confunde con el origen mismo de la sociedad. La estupidez, el marasmo de la palabrería constituida es el equivalente “superestructural” de la nadería constituyente de quienes se libran a la lucha “a muerte” en la ridícula batalla de la “acción comunicativa”, como si la falta en el mundo de asambleas, de debates, de acuerdos y compromisos fueran la causa última de tanta guerra y tanto mal que asola a la humanidad. ¿Es la humanidad, acaso, este aquelarre inútil que nos pinta la democracia burguesa?
    Desde el punto de vista de los derechos humanos, de la libertad de expresión, de la crítica racionalista y del debate infinito somos “más humanos” a medida que dialogamos y más salvajes –o terroristas o fundamentalistas, si usamos los nuevos vocablos del poder– en la medida en que no queremos discutir “nuestra verdad”. No por casualidad, entonces, en pleno apogeo de la libertad de expresión surgen los conceptos de “lo políticamente correcto” y de “apología del terrorismo” como llaves maestras de la exclusión comunicativa en la actual coyuntura global. Para la democracia liberal-burguesa, la esencia del hombre es la de ser un “animal discutidor”. El liberalismo, entre otras fábulas, se concibe así mismo como la lucha del individuo, desde el remoto origen de la humanidad, con el fin preestablecido de poder “expresar libremente sus ideas y opiniones”. Permítasenos, rápidamente, resumir así esta paradójica visión fantástica:


    «Hace mucho tiempo, en el yermo frío paleolítico, cada quien pensaba por sí mismo, hasta que un día alguien se aburrió y quiso comunicarle al vecino sus apreciaciones del mundo y sus ideas sobre la vida. Lamentablemente, este pionero de la comunicación, se dio cuenta de inmediato que no podía hacerlo porque no compartía con sus pares una lengua común. Entonces, pensó que, a lo mejor, hacía falta primero inventar dicho idioma, aunque, por supuesto, este idioma por crear no podía ser suyo nada más porque obviamente no serviría para nada. Ante tan difícil reto, regresó con desilusión a la soledad de su cueva. En la oscuridad de la noche prehistórica, de pronto, este pobre homo sapiens tuvo la horrible certeza de que nada sabía y graves preguntas le asaltaron y desazonaron: ¿De dónde vengo? ¿Qué hago yo aquí? ¿Cómo pudo mi padre seducir a mi madre si no comparten palabras? ¿Será que la tomó por la fuerza y no la sedujo como se debe? ¿Será que soy el hijo del estupro, del salvajismo y de la apropiación originaria de los bienes? Y al formular esta última hipótesis, un sentimiento de indignación se apoderó de su alma. Como un relámpago, el terror atravesó de golpe todo su ser. Se dijo a sí mismo, con sus propias palabras que nadie más conoce: No, no puede ser, ¡si yo soy una persona decente! No quiero hacerle mal a nadie ni imponer por la fuerza mis ideas, ni violar los derechos del otro ni, siquiera, irrespetar sus genuinas opiniones. ¡Ay, desdicha! ¡Qué horrible es ser un hombre! Hasta hace poco, cuando éramos apenas unos monos, las cosas eran más fáciles, la vida era más espontánea, natural y dichosa. Todos nos entendíamos mientras nos paseábamos por las ramas, todos nos acicalábamos y nos quitábamos las pulgas gentilmente sin prejuicios ni vergüenzas. ¡Éramos mejores ciudadanos cuando éramos simples animales! El olfato era nuestra vista; todas las hembras eran bellas con tal que oliesen bien y los machos sólo peleábamos una vez al año, si es que era preciso, para saber quién sería el papá de los monitos y además lo hacíamos sin humillar u ofender ni, mucho menos, violar las garantías fundamentales de los individuos de nuestra condición simiesca. ¡Hay que ver hasta dónde hemos llegado! Si seguimos así, vamos a perecer como especie antropomórfica. Es necesario, a toda costa, realizar una asamblea de hombres sapientes y libres. Sí, sí, esa es la única solución, primero debo convencer a los demás de inventar un lenguaje para poder discutir. ¡Eso es! ¡Haremos una asamblea constituyente, la primera del cosmos! Al final de la discusión quién tenga la razón, según la opinión calificada de las mayorías, dictará las leyes de la comunicación, primero, y, después, las leyes de la sociedad en general y, de este modo tan humano y civilizado, todos podremos expresarnos, como es nuestro derecho natural, sin violencia y sin atropellos, por la voluntad de la mayoría y con absoluto respeto por las minorías. ¡Viva la evolución! ¡Viva la democracia! ¡Viva la libertad de expresión!

    La soberanía de la palabra verdadera
    Antes de que alguien acuse a los demócratas, a los ilustrados e iluminados, a los liberales y a nosotros mismos por contar malas anécdotas, que se nos permita concluir con la moraleja: todo acuerdo presupone una decisión, toda discusión implica ya una soberanía. Esta es la verdad de toda acción realmente revolucionaria. La sociedad nos inventó a nosotros, nosotros no pudimos crear la sociedad, porque nunca nos hubiésemos puesto de acuerdo. Y lo anterior supone que antes de la sociedad, cuya etimología sugiere una colectividad de socios libres, vivíamos, pensábamos y decidíamos en común. La comunidad antecede a la sociedad, como la palabra a la expresión. Por eso, nosotros decimos: ¡Basta de debate! ¡Basta de discutir ideas que sólo nos interesan a nosotros!
    Decimos sí a la polémica genuina, que a diferencia del debate, no supone ni un moderador ni, mucho menos, un espectador imparcial, distante y estólido, que tendría “la última palabra” que no llega nunca.

    Alguien podría también acusarnos de dogmáticos e intransigentes; “Sería su derecho a disentir”, diríamos nosotros si fuésemos sobradamente cínicos y no lo suficientemente canallas. La verdad es que el único dogma de nuestro tiempo, el último tabú de la democracia representativa es el debatismo. La discutidera que ahoga la lucha, de las ideas o no, en el mar inconmensurable de las opiniones, aunque legítimas –“¿cómo no?, bien pueda”–, estériles porque deben “respetar” sus antípodas. Reaccionarios y revolucionaros, en las “vueltas que da la vida”, en las revueltas del mundo, al menos coincidimos en un punto, y ese punto es nuestro absoluto desprecio por aquello que Donoso Córtes llamaba sin ambages “la clase discutidora”: la clase política que conforma la burguesía como figura dominante de la Historia. Porque –es bien sabido ya– la dominación viene a ser física en última instancia; antes de la represión del cuerpo, la dominación es lógica. El debate de las verdades sólo afirma la verdad del debate y esta verdad no es otra que la impotencia dada por la aniquilación reciproca de los conceptos en su pugna.
    Que el debate, como en la televisión, sea anterior a la verdad es la esperanza última que oculta el capitalismo como designio eterno, pues, ¿qué más acumulación de recursos que el debate capitalice o subsuma todas las verdades para sí? Debatir las verdades viene a ser lo mismo que escoger la ideas, y tomar o rechazar las ideas es una operación muy parecida a aquella otra de elegir que producto comprar en la amplia oferta del mercado. Todos los debates actuales son de la forma Coca-Cola o Pepsi. Incluso la oferta entre “derecha” e “izquierda” repite incansablemente la concepción de la libertad en tanto “alternativa” de los sujetos; palabra que, no por nada, suena muy parecido a aquella otra de “alternatividad”. De hecho, que el “socialismo”, aunque sea “del siglo XXI”, se plantee en términos “alternativos”, y no de superación real de condiciones de dominio, supone ya un triste síntoma de que en su sustancia incluye la imposibilidad de un progreso cierto con respecto a las tesis de la democracia no participativa.

    No cabe ignorar, sin embargo, que el diferendo liberal, plasmado en el debatismo de nuestra época, es también el signo que la humanidad es una multiplicidad sujetiva que políticamente se expresa como multitud indomable y como bullicio de singularidades irreducibles. Lejos de ignorar este hecho, nosotros nos hacemos una voz más en el eco de voces que escapan de los coros de las mal llamadas “bases populares” tanto como lo hacen de los corifeos que pretenden guiar en vano su abigarrado canto.
    No nos oponemos a la idea misma de discusión; nos oponemos a la noción de autoridad que todo acuerdo asambleario pueda ejercer sobre la verdad. La verdad es autónoma, en última instancia, con respecto a toda autoridad. Justamente, la revolución, a desprecio de la máxima fundacional de la política de dominación, debe, al menos, lograr que la verdad, y no la autoridad, justifique la existencia del Estado.
    Al igual que nuestro primer hombre de la historieta parlamentaria, Prometeo no pudo debatir con los dioses para darle el fuego a los hombres, pues los dioses por mayoría hubiesen ganado al decir: “no nos parece”. Así también, Sócrates siempre luchó para salvaguardar la verdad de los debates espurios, Cristo no parlamentó con el Sanedrín.

    Editorial Página Subversión


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